Corrรญa el aรฑo 1348, una gran epidemia asolaba nuestra ciudad, el hedor insoportable se metรญa en cada poro de la piel de todos los que, con sus caras desencajadas por el terror, aรบn no se atrevรญan a deambular por las calles. Los cuerpos hacinados dispuestos como troncos de leรฑa esperaban el turno para arder y elevar sus cenizas hacia un cielo en busca de clemencia. Rezos casi inaudibles, susurros de aquellos que temรญan levantar sus voces por miedo a enfadar todavรญa mรกs, si eso fuese posible, a ese dios que de forma tan inmisericorde nos castigaba por, a saber, quรฉ pecados. Mientras tanto, en la hoguera, el crepitar de los huesos, el chirriar de los dientes de los que contemplaban tan espectral espectรกculo, se sucedรญan igual que si fuese una broma macabra. Los ojos desencajados de aquellos que, sin estar todavรญa muertos, transitaban las calles en busca de un rostro que les aliviase sus รบltimos momentos, solo encontraban terror, desprecio, e incluso la furia de aqu...
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